Aunque no hay registros públicos, y no voy a explicar cómo sé esto, en 2019, en medio de la peor crisis que enfrentaba el gobierno de Nicolás Maduro, un vuelo privado y casi clandestino llegó a Caracas.

Ahí venía el general iraní Qasem Soleimani, excomandante de la Fuerza Quds de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (fallecido en enero de 2020). Al respecto, no existen registros públicos, periodísticos ni oficiales, pero hubo una reunión en Caracas con Nicolás Maduro.

En esa reunión, el jefe iraní le habló principalmente del comandante Hugo Chávez y del compromiso que Irán tenía con él, quien había defendido la causa palestina y condenado las agresiones de Estados Unidos contra las fuerzas rebeldes de Medio Oriente.

La ayuda empezó a llegar: millones de euros en efectivo llegaban en barcos o aviones para burlar las sanciones estadounidenses y pagar los cargamentos de fueloil o petróleo que Irán ayudaba a colocar en el mercado negro, la única vía para comercializar crudo venezolano. A su vez, este dinero pasaba a la banca privada y pública venezolana, que lo recibía del gobierno para respaldar operaciones en bolívares. En las calles de Venezuela no había dólares, sino los euros que traía Irán.

Esta semana —yo, que he visto muchas cosas en Venezuela, desde cucarachas que vuelan y monos que roban celulares en el Zoológico de Caricuao, hasta un ministro de Defensa llamado Padrino narrando por televisión que de la principal base militar le habían robado a su presidente y comandante en jefe una caja de Pepsi-Cola como si fuera un bodegón sin candado— me sorprendí al ver que el embajador y representante de Irán en Venezuela había sido llamado por el canciller Félix Plascencia para entregar una carta de protesta contra ese país.

La carta del canciller es una respuesta al señor Seyed Abbas Araghchi, ministro de Asuntos Exteriores de la República Islámica de Irán, quien, refiriéndose a Estados Unidos, dijo que con Irán no iban a tener los mismos resultados que en Venezuela, donde se llevaron a Maduro y el gobierno se asustó y se sometió. Palabras más, palabras menos, expresó de manera textual:

«Vinieron a sobornar —no a mí—, mi país no está en venta. Les dije: si quieren construir una planta, construirán esto; si quieren construir eso, construirán eso. Pero nosotros decidimos. No tienen que amenazarme a cada rato con que en cualquier momento puede haber una bomba.»

Luego agregó:

«Esto no es Venezuela, donde tomas a una persona y todos los demás se asustan y retroceden.»

A mí, el asunto de la respuesta de Venezuela me dio primero un poco de vergüenza ajena y después risa. Lo primero, porque uno en la vida tiene que ser agradecido y leal con su gente, cosa que evidentemente esta gente no es; y segundo, porque contestarle en esos términos a Irán es bastante atrevido.

Nasrallah, el gran líder de Irán, en medio de un bombardeo en el Líbano, envió un audio y le dijo al pueblo que mirara al mar, que ahí estaban sus enemigos. Y gritó: «¡En el nombre de Fátima al-Zahra!», dando la orden de que el misil volara la embarcación enemiga. A ese liderazgo es al que le responde la Cancillería venezolana (por cierto, ¿qué diplomacia de género se está haciendo ahí?).

Como es público, yo soy un crítico de las posiciones extremistas, y pienso que Hezbolá, e incluso la Guardia iraní, son una mala respuesta a los grandes esfuerzos por lograr la paz, impulsados por un gran líder suní como Yaser Arafat, quien creo que fue quien siempre abordó de mejor manera la causa palestina frente a Israel. Pero se encontró con la mala fe de Israel, que no cumplió los acuerdos que se firmaron con la mediación del gran presidente Bill Clinton, y luego con las injustas posiciones de los miembros de Hezbolá —al tacharlos de traidores y débiles—, que, como se sabe, es una organización en armas, pero también un partido político con representación en el parlamento, pues Hezbolá se traduce como «partido de Dios».

Miren, escribo este artículo solo para señalar que es evidente que conozco la política americana, escribí un libro sobre las relaciones de Estados Unidos con Venezuela y soy defensor de los valores occidentales democráticos; pero por esa misma razón sé que Estados Unidos nunca va a confiar en alguien así de arrastrado. No lo harán. Los usan, pero saben que, así como ladran hoy contra Irán, volverán a ladrar contra Estados Unidos, porque eso de «leales siempre, traidores nunca» no lo aplican ni repartiéndose la cochina de lo que han robado.

Leocenis García
Dirigente de Acción Democrática en Resistencia
Caracas — Venezuela
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Stevin Camargo - Asesor de comunicacion politica