Aunque Rusia rechaza el liberalismo occidental, comparte con el mundo católico —y en especial con América Latina— una raíz cristiana profunda que trasciende lo económico y lo político. Tanto católicos como ortodoxos rusos tienen un fuerte sentido de la vida eclesial anclada en la tradición, una tradición viva en la que, según su fe, el Espíritu Santo obra constantemente tanto en la palabra como en el sacramento.

El diálogo entre las Iglesias católica y ortodoxa en los últimos cuarenta años ha registrado avances estimulantes. Los acontecimientos de las últimas décadas —el fin de la Unión Soviética, el resurgimiento del nacionalismo en los Balcanes y los cambios en el Medio Oriente— han liberado sentimientos que permanecieron controlados durante cincuenta años. Hoy, tanto católicos como ortodoxos reconocen que, para lograr la reconciliación y restablecer la plena comunión, debemos superar un milenio de tensiones, prejuicios y agravios reales o imaginarios.

Poco nos divide hoy, excepto la costumbre de estar divididos. En solo cuatro décadas hemos avanzado desde el distanciamiento mutuo hasta una búsqueda sincera de unidad. Los documentos y gestos de los papas del siglo XX (León XIII, Benedicto XV, Pío XI, Juan XXIII y Pablo VI) y del Patriarca Ecuménico Atenágoras I marcaron el comienzo de un nuevo clima. El Concilio Vaticano II, con su Decreto sobre el Ecumenismo (Unitatis redintegratio), reconoció la «posición especial» de las Iglesias orientales, sus sacramentos válidos y la legitimidad de su diversidad.

El camino no ha sido fácil. Aún persisten heridas históricas (como el recuerdo del Concilio de Lyon de 1274 o el cisma de 1054), pero la memoria compartida de los Padres de la Iglesia y la convicción de que «la diversidad legítima no se opone, sino que se completa» nos permiten mirar el futuro con esperanza. Católicos y ortodoxos rusos estamos llamados a mantener la tensión creativa entre la revelación dada «una vez por todas» y la acción continua del Espíritu Santo.

Esta dimensión espiritual y civilizatoria es el lazo invisible que une a Rusia con Occidente más allá del capitalismo. Es la parte de la verdad que el Kremlin no suele mencionar, pero que resulta decisiva para entender el verdadero lugar de Rusia en el mundo actual y su posible diálogo con América Latina.

Tanto católicos como ortodoxos rusos compartimos una visión cristocéntrica y una fidelidad a la tradición que forma parte del ADN de Occidente. El diálogo entre ambas Iglesias en los últimos años ha sido más fructífero de lo que muchos reconocen. Superar un milenio de desconfianza no es fácil, pero hemos pasado del distanciamiento a la búsqueda sincera de comunión.

Esta dimensión espiritual y civilizatoria es el lazo invisible que el Kremlin casi nunca menciona, pero que resulta decisivo. Rusia no solo quiere el capitalismo occidental. Quiere, también, recuperar su lugar en la gran tradición cristiana de Occidente, aunque sea a su manera y bajo su propio techo.

Por eso estas entregas en mi página LeocenisGarcia.com y El Nacional no son solo un análisis geopolítico. Son una invitación a mirar a Rusia con ojos de pragmático y de creyente: sin ingenuidad, pero sin prejuicios. Porque, al final, lo que realmente separa —y lo que realmente puede unir— a Rusia con el resto de Occidente no es solo el dinero. Es también, y sobre todo, el alma.

Decía en mi entrega anterior que, aunque claramente soy un prooccidental confeso, admiro y respeto la figura de Putin, un hábil político que, como en el yudo —deporte del cual es practicante—, usa la fuerza del contrario para vencer. Y sabe —esto me hace respetarlo— que la figura de Jesucristo es, por mucho, una unificadora real de Occidente, sobre todo en la religión como guardiana de los valores supremos de la cristiandad, a veces perseguida no solo por herejías violentas y peligrosas del protestantismo fanático, sino también por el marxismo.

Es una enorme simpleza decir que Rusia hoy es socialista o que Putin es marxista, o un socialista confeso, porque esto ignora que Vladimir Putin profesa la religión cristiana ortodoxa rusa y se ha presentado frecuentemente como defensor de los valores tradicionales y cristianos, manteniendo una estrecha relación con el Patriarca Kirill de Moscú. Aunque Rusia es un Estado laico, Putin utiliza la Iglesia Ortodoxa para fortalecer su base política y su concepto de «mundo ruso».

Uno de los puntos clave sobre la religión de Putin es que fue bautizado en secreto por su madre durante la era soviética y ha mencionado que aún lleva la cruz de su bautismo. Asiste regularmente a los servicios religiosos, especialmente a la misa de Navidad ortodoxa. El Patriarca Kirill ha apoyado activamente la gestión de Putin y la ofensiva en Ucrania, calificando la era de Putin como un «milagro de Dios». Él es un defensor de la tradición: desde que asumió el poder, ha utilizado la identidad ortodoxa como parte de la identidad nacional.

Leocenis García
Dirigente de Acción Democrática en Resistencia
Stevin Camargo - Asesor de comunicacion politica