Cuando Tiburón —un cobarde de colección, igual que su compañero de promoción— me torturaba en Rodeo I, como todo ser de su condición traicionera, delataba a quien lo mandaba: «Yo cumplo órdenes del capitán», decía, refiriéndose a Cabello.

Era siempre el más arrastrado. «¡Chávez vive, la patria sigue!», gritaba en los pasillos con su máscara. Cosa rara en un coronel: enmascararse. Rincones Serven, el director de Rodeo I, terminó tomando pastillas de alprazolam para poder escapar de los demonios que lo atormentaban.

Cuando Tiburón salió del cargo, unos días después de la muerte bajo su mando del preso político Víctor Quero y las golpizas propiciadas por Leonidas —un militar de apellido Viloria que usaba ese pseudónimo para servir como perro de tortura a su jefe del DGCIM—, llegó el coronel Alexander, alias Pater. Pater era un patriota y demostró, en dos ocasiones difíciles, el coraje que Tiburón nunca tuvo.

Un día yo estaba cortándome el pelo, una práctica que en Rodeo se hacía esposado, sentado en una silla en el pasillo, mientras los demás presos observaban desde sus celdas. Estas tienen una pequeña rendija por donde nos metían la comida o teníamos que sacar las manos para que nos esposaran antes de salir.

Un preso llamado Giovanny, exguardaespaldas de Mikel Moreno, que estaba allí junto a otros acusados de querer matar al magistrado, puso el pie en la ventanilla justo a la altura donde me estaban cortando el pelo. Yo, esposado, le dije que quitara el pie de ahí, porque eso era una falta de respeto. Él se negó. Me levanté como pude a pesar de las esposas, le quité la máquina de afeitar al custodio —Cuervo se llamaba— y se la lancé a Giovanny. Este me amenazó con romperme la cara. Entonces me abrí paso, le puse la cara en la rendija de la puerta y le dije: «Pártemela pues, maldito».

Me llevaron varios custodios a rastras hasta la celda. Al día siguiente, cuando nos sacaron al patio para los 30 minutos de sol, apenas me quitaron las esposas fui tras Giovanny (todo esto está grabado, porque en Rodeo hay cámaras y el DGCIM lo monitorea las 24 horas). Giovanny aún no se había quitado las esposas. Al verme venir hacia él, me las mostró y me dijo que tuviera honor porque él estaba esposado. Yo le respondí: «Tranquilo, vamos para que te las quiten y luego vemos si me partes la cara como dijiste».

Empezó un forcejeo en el que intervinieron varios presos, aunque ninguno se atrevía a meterse decididamente. Los reclusos comenzaron a llamar a los custodios. Se acercó un jefe de torre, líder de los custodios, llamado Orinoco, y empezó a discutir conmigo mientras Giovanny le pedía que interviniera porque yo quería golpearlo. Entonces le dije a Orinoco: «Estos son los valientes que quieren matar y tumbar a tu presidente Nicolás Maduro». Él me respondió: «A él no lo van a tumbar, porque para eso estamos nosotros, que somos revolucionarios y no vamos a dejar que caiga».

Yo le contesté: «El día que vengan por Nicolás, primero lo defiendo yo que ustedes». Él se echó a reír y me dijo: «Usted es un vendepatria, por eso está preso».

Yo le respondí: «Tranquilo, aquí tienes tu preso». Y miré a Giovanny: «Ve para que te quiten las esposas». Y me fui a trotar.

Días después, llegó un momento que marcó a muchos en el penal.

Era un viernes y yo estaba recostado en la litera de abajo. Compartía celda con el señor Rafael, un autobusero, exsoldado del Ejército, que odiaba a Nicolás pero respetaba a Chávez, preso por supuestamente traficar materiales estratégicos.

César Omaña, el mejor amigo civil de Hernández Dala, exjefe de Contrainteligencia Militar, regresaba de una vista. Al cruzar el pasillo gritó: «¡Hermanos, somos libres! Maduro cayó, los americanos nos liberaron y la Asamblea Nacional declaró una amnistía general».

El penal estalló en aplausos.

Yo había jurado días antes, a viva voz, que si el país era invadido y alguien llegaba al poder bajo una invasión militar, no aceptaría ningún indulto ni amnistía. Me quedaría preso en Rodeo I. Porque si en libertad decía que estaba en contra de una invasión y la violencia, no iba a cambiar de opinión solo por ser un preso de Diosdado.

Apenas escuché que celebraban que los americanos hubieran bombardeado Venezuela, grité: «¡Malditos traidores a la patria! ¡Viva los patriotas que no se arrodillan! ¡Abajo los traidores a la patria! ¡Viva los militares nacionalistas!».

Inmediatamente otros presos empezaron a insultarme, pero los custodios —que eran militares— me hicieron la venia militar y gritaron: «¡Leales siempre, traidores nunca!».

En medio del lío, algunos presos agredieron verbalmente a los custodios. El director del penal, Pater, entró en el bullicio y gritó: «¡Chávez vive, la patria sigue!».

Hubo gas pimienta para someter la rebelión. En medio de la trifulca, Orinoco, el jefe de torre, vino a buscarme y me dijo: «Usted es un patriota. Venga». Quiso sacarme de la celda, pero yo me negué: «Yo me quedo aquí. Yo no soy un cobarde».

Entonces el propio Pater me sacó de la celda y, delante de su gente, dio un discurso en el que dijo que yo era un opositor, pero patriota. Afirmó que la FANB nunca iba a permitir que los vendepatrias que habían aplaudido una invasión militar gobernaran Venezuela.

Ese día Pater me trasladó al piso 4 del penal y me dijo, casi avergonzado: «Espero que Dios le dé a Leocenis un futuro en paz y en libertad», porque él sabía que yo era un preso de Diosdado. Esa misma semana, un patriota estadounidense, Roger Carstens, ex enviado especial de Trump para rehenes, se reunió con Jorge Rodríguez y pidió mi liberación.

Stevin Camargo - Asesor de comunicacion politica