Yo era un muchacho de 26 años. Estaba en un restaurante de La Mercedes con la periodista Lina Romero. Eran los días en que había llevado una carretada de denuncias sobre PDVSA. Era un apasionado reportero de Reporte de la Economía y tenía una columna muy seguida llamada Sexto Poder, que después se convertiría en un semanario y luego en el Grupo Editorial Sexto Poder.

En medio del restaurante se abrió paso un hombre de cabello canoso que saludó a Lina y luego me miró y me dijo: —Mira, muchacho, ten cuidado porque esta gente es tan mala que son capaces de robarle el tetero al Niño. Y siguió su marcha.

Aquella sentencia que me hizo reír después me haría llorar. Padecí todo lo conocido y lo que nunca contaré. A mí me cerraron Sexto Poder, y a Henry Ramos le quitaron la tarjeta más icónica del país: Acción Democrática, para ponerla en manos de unos rebeldes de los cuales no tengo la peor opinión —porque no voy a maltratar a Bernabé—, pero que no han sabido dar marcha atrás. Y el político que no sabe maniobrar, virar cuando es necesario, está destinado a errar. Porque es verdad que la política es servicio, pero también es interpretar la dialéctica, el signo de los tiempos, como bien decía el cardenal Wojtyła.

Y claro, la política es negociación en la realidad, pero no negación de la realidad. La política es pragmatismo para llegar al poder y, no pocas veces, el arte de lo que se oculta y no de lo que se ve. Pero no puede consistir en negarse a aceptar la derrota, porque los demócratas más grandes lo primero que saben es perder. Y Bernabé perdió esta pelea en el secuestro —con la asistencia del gobierno— de los bienes y siglas del partido.

Yo no soy el más devoto admirador de Rómulo Betancourt, que es como el santo al que todos prenden velas en el partido, aunque leí Política y petróleo, una biblia de la herejía que jamás debería cometer un patriota: ponerse del lado de los intereses extranjeros antes que los de la patria. Me gusta más bien ese santo desconocido, estadista nunca bien ponderado, que fue Rómulo Gallegos, autor de Pobre negro, admirado por Gómez por su profundidad y respetado por Isaías Medina Angarita por su devoción para conversar con el adversario.

Eso es AD. El AD de hoy, dirigido por Ramos Allup, es un partido que tiene a un católico confeso al mando, en un partido donde sus líderes más bien tenían fama de ateos y agnósticos. Un partido que tiene gente apasionada gritando el nombre de líderes como aquellos que invocaban a Juana de Arco, pero también prácticos como CAP y el propio Betancourt, que en momentos difíciles echaban mano del catecismo de la política: la concordia y la racionalidad.

Yo soy un hombre con ideas liberales en lo económico, en un partido de la socialdemocracia, donde la mayoría de los partidos socialdemócratas del mundo impulsan la economía social de libre mercado, en el entendido de que no se puede repartir lo que no se produce.

AD es diversa hoy porque pretende ser constructora y no destructora. Porque bien dice el himno de AD: “Adelante a luchar, miliciano, a la voz de la revolución”. Y toda revolución verdadera ha predicado un nuevo orden y construcción. Nunca anarquía ni destrucción.

Construir amerita saber con qué se cuenta. Y AD cuenta con lo que siempre ha contado: una inmensa mayoría de venezolanos en los pueblos, caseríos y barrios que siguen reclamando justicia. Y es que justicia, decía el teólogo dominico, es dar a cada quien lo suyo.

Y lo suyo del 65 o 75 % del país que vive en la pobreza aún está pendiente. Es una población de más del 53 % de color sin dirigentes de color, como si ser negro o moreno fuera sinónimo de miseria social. Un país donde el 80 % de la población vive en barrios y zonas con servicios precarios, pero con un liderazgo que viene a hablarles del Acuerdo de Panamá, que no está mal, pero hace falta el acuerdo de los tres golpes diarios. Porque la situación en esos barrios es terrorífica: el plan del gas que es un suplicio cada quince días con las bombonas que representan un billete para un pobre, o el agua que se va y llega cada mes, las cisternas que hay que comprar cada día para llenar tanques y peroles.

Ahí está AD y su futuro. La generación que hoy tiene 40 o 60 años y que está sosteniendo a los jóvenes de ahora, pudo ir a la escuela con maletín, comida, uniformes y becas (mil bolívares al mes) que daba el Ministerio de Educación. Eso se llama sensatez. Aquí no hay eso.

La lucha de Acción Democrática es para retomar el poder, no para otro, sino para sí misma, para resolver los problemas que otros no sabrán resolver. La gente no está esperando un cuento, sino que les presenten el currículum. Y no solo un currículum de insultos contra el gobierno y un manual de cómo odiar al contrario. AD tiene el currículum: una historia que defender y contar.

Es hora de hacer normal lo que es normal en la calle. Cuando la militancia y el país, en actos masivos, reconocen que AD, el partido que el país respalda y respeta, está en manos de Henry. La gente de Bernabé que ha abandonado ya el barco a la deriva —judicializado y prácticamente liquidado— es bienvenida a la AD en Resistencia.

Y al propio Bernabé es hora de que se tome un martini, estire los pies sobre la mesa y reconozca que el río hasta aquí lo trajo. Es hora de plantear una honrosa rendición que, en política, siempre te da más beneficios que maleficios.

Hago esta reflexión para que los adecos hagamos lo que mejor sabemos hacer históricamente: tener visión y ocuparnos de la casa primero. Un líder sin visión está condenado al fracaso.

Termino con dos ejemplos de 1997. Irene Sáez era bella, se metía en los barrios, caminaba los cerros, había estudiado política y tenía una gestión exitosa en Chacao. Las principales encuestadoras del país —Datanálisis, Keller & Asociados, Consultores 21 y Gaither International— le daban consistentemente 80 % de apoyo popular. Hugo Chávez apenas tenía 2 %. Carlos Andrés Pérez dijo que Chávez iba a ganar. Gustavo Cisneros encargó a Eduardo Salinas, un llanero, que fuera a pactar con Chávez. Rafael Caldera envió a Henrique Alvarado a proponerle a Luis Giusti que se presentara en la elección. Todo el mundo veía el 80 % de Irene Sáez, pero los únicos que vieron que en diez meses Chávez, que tenía 2 %, iba a ser presidente fueron los políticos verdaderos y el empresario verdadero, socio de CAP.

Ahí se las dejo.

Stevin Camargo — Asesor de comunicación política