Comienzo esta serie de entregas sobre Rusia en mi página LeocenisGarcia.com y en mi columna dominical de El Nacional con una confesión: soy un prooccidental que entiende los fallos de nuestro hermano mayor, el actual líder de Occidente (EE. UU.), y también soy un latinoamericano que ama América. Pero, como se puede inferir de mis libros disponibles en Amazon —Rebelde con causa, La rebelión de los tejones y Estamos unidos—, soy un pragmático.

Pienso que Vladimir Putin, por mucho que lo juzgue en estas entregas, es uno de los líderes más interesantes de la actualidad. Lo digo después de haber salido de una prisión en Venezuela a la que el líder socialista Nicolás Maduro me envió por recordarle en televisión que estaba violando la Constitución que había heredado de un hombre que, en lo esencial, solo se equivocó al abrazar fanáticamente el modelo socialista: Hugo Chávez. Porque, del resto, este comandante —conocido casi como Mao en buena parte del mundo— fue un militar nacionalista y con vocación democrática, aunque sus enemigos hayan intentado desdibujarlo.

Hugo Chávez fue un líder valorado por el Kremlin, pero creo que el presidente Chávez no comprendía del todo hacia dónde se dirigía Rusia. El comandante venezolano condenaba el modelo capitalista de manera tan maximalista que descuidó algo que no era tan evidente entonces, pero que hoy resulta claro: Rusia ha realizado una «adopción selectiva», en la que abraza el motor económico del capitalismo pero rechaza frontalmente el «paquete» completo que incluye la democracia liberal, los derechos civiles y los valores sociales de Occidente.

El título de esta primera entrega busca explicar de manera sencilla qué es lo que aparentemente se desprende desde hace algún tiempo de la estrategia del Kremlin. Y aunque eso es una parte importante de la verdad, quiero demostrar que a Rusia la une a Occidente algo más que el sistema económico y que hay verdades aún por contar, como la cercanía especial que tiene un país como el mío, Venezuela —de mayoría católica—, con la ortodoxia que Putin y gran parte de su nación practican de forma rigurosa.

Así que la primera pregunta sería:

¿Es cierto que Putin «solo quiere de Occidente el capitalismo»?

La respuesta básica sería sí, pero con matices importantes. La frase capta una parte real de la estrategia de Putin, pero no es completa. Vladimir Putin quiere los beneficios prácticos del capitalismo occidental (tecnología, inversión extranjera, mercados y know-how), pero rechaza rotundamente el modelo liberal-democrático, los valores culturales y el orden geopolítico que Occidente representa. En resumen: quiere el dinero y la eficiencia capitalista… sin la «decadencia liberal» que, según él, acompaña a Occidente. Y esto forma parte de los valores ortodoxos cristianos que compartimos los católicos, aunque Roma ha logrado un espíritu de comprensión que la Iglesia Ortodoxa no logra abrazar del todo.

Rusia habla solo de una parte de la verdad y ha acuñado la frase «Nueva Rusia occidental». La expresión «Nueva Rusia occidental» se refiere a la parte occidental de la Novorossiya (Nueva Rusia), un concepto histórico y geopolítico que Vladimir Putin ha revivido desde 2014 para justificar las aspiraciones territoriales rusas en el sur de Ucrania. No es un término oficial actual, pero sí un marco ideológico e histórico que el Kremlin utiliza en su narrativa.

La Novorossiya original fue creada en el siglo XVIII por Catalina la Grande tras conquistar territorios al Imperio Otomano y a los tártaros de Crimea. Era la «nueva» Rusia colonizada por rusos y ucranianos rusófonos en el norte del Mar Negro.

La parte occidental (Yedisan) es la zona entre los ríos Dniéster y Dniéper. Incluye principalmente las regiones de Odesa, Mykolaiv y partes de Jersón. Esta es la «Nueva Rusia occidental» propiamente dicha: la franja costera más occidental del proyecto imperial ruso del siglo XVIII. En la visión actual del Kremlin, esta zona representa el «corredor» que conectaría Crimea y el Donbás con Transnistria (Moldavia) y permitiría a Rusia controlar toda la costa ucraniana del Mar Negro.

Putin es el principal impulsor y restaurador de este concepto. En 2014, durante la anexión de Crimea y las protestas prorrusas en el Donbás, Putin acuñó públicamente el término «Novorossiya» y apoyó la creación de una confederación entre Donetsk y Lugansk con aspiraciones a extenderse hacia el sur y el oeste. En 2022 justificó la invasión a gran escala argumentando que Rusia debía «liberar» el Donbás y la Nueva Rusia. Las anexiones de Donetsk, Lugansk, Zaporiyia y Jersón se presentaron como pasos hacia esa meta.

En 2025-2026 sigue mencionando «Novorossiya» en sus discursos. En enero de 2026 afirmó que Rusia no se detendría en el Donbás y que su «apetito» incluye toda la región histórica. Es el eje ideológico de su proyecto neoimperial. Putin no solo usa el término por nostalgia: lo convierte en una herramienta política para legitimar la guerra ante la población rusa y para presentar a Occidente como el enemigo que «niega la historia rusa».

La Nueva Rusia occidental (Yedisan/Odesa) es el «trofeo estratégico» del proyecto Novorossiya. Para Putin no es solo territorio: es la prueba de que Rusia está recuperando su grandeza histórica frente a un Occidente que, según su narrativa, intentó «desmantelarla» tras 1991.

Pero aunque Rusia rechaza el Occidente «liberal» —es decir, la democracia liberal y los derechos humanos (que llama «valores impuestos»)—, el neoliberalismo radical (en mi criterio, un fraude semántico que explico en mi libro La rebelión de los tejones) y la globalización sin control estatal (en discursos de 2021-2025 lo ha calificado de «modelo agotado» que genera crisis sociales y políticas), la hegemonía financiera occidental (dólar, SWIFT), por eso acelera la desdolarización y el sistema alternativo de los BRICS, y la «decadencia moral» y el «fundamentalismo liberal» (LGBT, woke culture, etc.). En el fondo, no confiesa que ya Rusia no es socialista ni lo volverá a ser, porque el modelo que persigue su establishment es el capitalismo occidental.

En sus discursos más recientes (2025-2026) Putin repite la misma idea:

«Occidente ya no es un modelo a seguir. Es un sistema de élites que vive como en un «baile de vampiros» (vampire ball), explotando al resto del mundo.»

Critica duramente a las élites occidentales por «destruir la soberanía» de los países y por intentar «desmantelar» Rusia.

Rusia es un capitalismo autoritario donde:

  • El Estado controla los sectores estratégicos (energía, banca, defensa).
  • Los oligarcas son leales al Kremlin (quien se rebela termina en el exilio o en prisión).
  • Se usa el mercado para generar riqueza… pero siempre al servicio del poder político y de la «gran Rusia».

En el contexto de la Nueva Rusia occidental (Novorossiya) que he mencionado, el proyecto económico busca precisamente eso: integrar esa región al sistema capitalista ruso (inversiones masivas, puertos, agricultura, industria), pero bajo soberanía rusa plena, sin influencia liberal-occidental.

Putin no rechaza el capitalismo. Lo abraza… pero a su manera. Quiere el capitalismo sin liberalismo.

Quiere las ventajas económicas de Occidente… sin aceptar sus reglas políticas ni morales.

Por eso Rusia gira hacia China, India, Irán y los BRICS: busca socios que le den tecnología y mercados sin pedirle democracia.

Rusia busca una suerte de «realismo civilizatorio»: un contramodelo al liberalismo occidental que utiliza el capitalismo para fortalecer al Estado y a las élites, mientras promueve una agenda social conservadora y soberanista que tacha a los valores occidentales de «decadentes» o «fútiles».

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Stevin Camargo - Asesor de comunicacion politica