En el piso cuatro de Rodeo I, todos los presos estábamos sin colchón: dormíamos en el concreto, estábamos desnudos, esposados y con una cámara grabándonos día y noche. Ahí compartíamos muchos civiles y militares.
El momento más emocionante del día eran las ocho de la noche. A esa hora, un preso empezaba a chiflar; era el silbido de la cadena de Rodeo I. Otro preso escuchaba el silbido y se unía. Era, más o menos, un «¡alerta!, ¡alerta!», un silbido de llamado; en un momento, solo ese silbido alertaba a toda la cárcel, y ahí era el momento en que Jesucristo el Rey nos unía.
Un preso —por lo general, yo— en el piso 4 entonaba el himno de Rodeo. Siempre los compañeros, Finol o Carlos, me gritaban: «¡Dale duro, Leocenis!». Y yo cantaba mientras todo era silencio:
Si tuvieras fe como un granito de mostaza,
eso dice el Señor... tú le dirías a Rodeo I...
(aún siento cómo se nos erizaba el cuerpo y el canto era más fuerte):
¡tengan fe!, ¡tengan fe!, ¡tengan fe!
Tú le dirías a Rodeo I: tengan fe, tengan fe, tengan fe.
Y un preso gritaba: «¡Ahora!». «Y estas puertas se abrirán», ¡boom, boom!, sonaban. Los presos en todos los pasillos golpeaban las puertas con los cuerpos y las esposas; y ahí estaban hombres amarrados y torturados haciendo temblar una cárcel del horror. «Y estas puertas se abrirán y, ¡boom!, se abrirán. Tú le dirías a Rodeo I: tengan fe».
En cada puerta, en cada celda, había una serie de prohibiciones firmadas por un cobarde que decía seguir órdenes del capitán, el miserable Tiburón. Pero nosotros, con la fuerza de Jesucristo, golpeábamos la puerta al coro de esta canción, mientras la cárcel estallaba en un culto que era la protesta de cristianos amarrados contra la santería cubana y todas las prácticas torcidas que movían a los jefes de ese sitio.
Y después venían otros cantos, pero este era el himno de Rodeo I. Ahí hablaban pastores, eran prisioneros políticos, desnudos en sus celdas, y solo nos habían permitido tener Nuevos Testamentos. Estos decían que eran Nuevos Testamentos de los Gedeones, una organización internacional de esposas cristianas que entregaba estas biblias a las cárceles.
El culto más poderoso lo hacía Damián: era militar, acusado de querer matar a Maikel Moreno, un comando con operaciones psicológicas y especiales. Había llegado al pasillo después de ser torturado con electricidad y de diversas formas. Damián era el líder religioso, y otras voces se unían a él: el pastor Granados, un comerciante, y el hermano Maná, un comisario del SEBIN preso.
De vez en cuando hablaba Tawala, uno de los presos por el caso Gedeón. Maracucho. Amigo personal. Con el tiempo yo me uní.
Las prédicas eran profundas, pero también un canto de esperanza. Era la hora de la denuncia: en la prédica, por lo general, les recordaban a los captores que lo pagarían caro. Todos sabíamos que esas cámaras eran vistas en la DGCIM y que también el propio Maduro tenía acceso a ellas, así que las prédicas eran incendiarias.
El piso 4 no era el peor, pero sí el más fuerte después de la famosa «cámara del tiempo», como le llamaban a un sitio en enfermería. Yo estuve en todas.
Finol, que estaba preso con su hermano y no sabía leer bien, terminaba recitando de memoria este Salmo 91:
El que habita al abrigo del Altísimo
Morará bajo la sombra del Omnipotente.
Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío;
Mi Dios, en quien confiaré.
Él te librará del lazo del cazador,
De la peste destructora.
Con sus plumas te cubrirá,
Y debajo de sus alas estarás seguro;
Escudo y adarga es su verdad.
No temerás el terror nocturno,
Ni saeta que vuele de día,
Ni pestilencia que ande en oscuridad,
Ni mortandad que en medio del día destruya.
Caerán a tu lado mil,
Y diez mil a tu diestra;
Mas a ti no llegará.
Ciertamente con tus ojos mirarás
Y verás la recompensa de los impíos.
Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza,
Al Altísimo por tu habitación,
No te sobrevendrá mal,
Ni plaga tocará tu morada.
Pues a sus ángeles mandará acerca de ti,
Que te guarden en todos tus caminos.
En las manos te llevarán,
Para que tu pie no tropiece en piedra.
Sobre el león y el áspid pisarás;
Hollarás al cachorro del león y al dragón.
Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré;
Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre.
Me invocará, y yo le responderé;
Con él estaré yo en la angustia;
Lo libraré y le glorificaré.
Lo saciaré de larga vida,
Y le mostraré mi salvación.

